la ha espiado hasta este momento. Ahora gritaré como
nadie ha gritado. Ahora intentaré lo que nadie
ha intentado. Ahora haré lo que nadie ha hecho.
Y hablando de esta maravillosa máquina:
me desconcierta la diferencia entre
dos modos de componer: A, la manera
que sólo ocurre en la mente del poeta,
un ensayo de los juegos que pueden ejecutar las palabras,
mientras se enjabona por tercera vez la pierna; y B,
la otra manera, mucho más decorosa, cuando
está en su escritorio, escribiendo con una pluma.
En el método B la mano sostiene el pensamiento,
la abstracta batalla se libra correctamente.
La pluma se detine en el aire, después cae para tachar
una puesta de sol o restaurar una estrella,
y guía así físicamente la frase
hacia un pálido resplandor diurno a través del laberinto de tinta.
¡Pero el método A es una tortura! El cerebro
queda pronto encerrado en un casco de dolor.
Una musa en ropa de faena dirige la perforadora
que tritura y que ningún esfuerzo de la voluntad
puede interrumpir, mientras que el autómata
saca lo que acaba de poner
o va con paso vivo a la tienda de la esquina
a comprar el diario que ya ha leído.
¿Por qué es así? Quizá porque
en el trabajo sin pluma no hay pausa de la pluma,
y uno debe usar tres manos al mismo tiempo,
teniendo que elegir la rima necesaria,
tener bajo los ojos el verso completo
y conservar en la mente todos los ensayos precedentes.
¿O el proceso es más profundo sin escritorio
para apoyar lo falso e izar lo poético?
Porque hay esos misteriosos momentos en que,
demasiado cansado para borrar, dejo caer la pluma,
deambulo y, obedeciendo a alguna muda orden,
la palabra justa silba y se posa en mi mano.
VLADIMIR NABOKOV
de "Pálido fuego" (-Canto cuarto-)