lunes, 18 de mayo de 2009

PUEDO AVANZAR A TIENTAS HACIA ALGUNA...ALGUNA... VAGA ESPERANZA

Ahora espiaré la verdad como nadie
la ha espiado hasta este momento. Ahora gritaré como
nadie ha gritado. Ahora intentaré lo que nadie
ha intentado. Ahora haré lo que nadie ha hecho.
Y hablando de esta maravillosa máquina:
me desconcierta la diferencia entre
dos modos de componer: A, la manera
que sólo ocurre en la mente del poeta,
un ensayo de los juegos que pueden ejecutar las palabras,
mientras se enjabona por tercera vez la pierna; y B,
la otra manera, mucho más decorosa, cuando
está en su escritorio, escribiendo con una pluma.


En el método B la mano sostiene el pensamiento,
la abstracta batalla se libra correctamente.
La pluma se detine en el aire, después cae para tachar
una puesta de sol o restaurar una estrella,
y guía así físicamente la frase
hacia un pálido resplandor diurno a través del laberinto de tinta.


¡Pero el método A es una tortura! El cerebro
queda pronto encerrado en un casco de dolor.
Una musa en ropa de faena dirige la perforadora
que tritura y que ningún esfuerzo de la voluntad
puede interrumpir, mientras que el autómata
saca lo que acaba de poner
o va con paso vivo a la tienda de la esquina
a comprar el diario que ya ha leído.


¿Por qué es así? Quizá porque
en el trabajo sin pluma no hay pausa de la pluma,
y uno debe usar tres manos al mismo tiempo,
teniendo que elegir la rima necesaria,
tener bajo los ojos el verso completo
y conservar en la mente todos los ensayos precedentes.
¿O el proceso es más profundo sin escritorio
para apoyar lo falso e izar lo poético?
Porque hay esos misteriosos momentos en que,
demasiado cansado para borrar, dejo caer la pluma,
deambulo y, obedeciendo a alguna muda orden,
la palabra justa silba y se posa en mi mano.


VLADIMIR NABOKOV
de "Pálido fuego" (-Canto cuarto-)

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