domingo, 23 de junio de 2013


“... eso de que William Faulkner escribiera su novela Mientras agonizo, en el plazo de seis semanas . es lo único cierto: seis semanas de verano en las que aprovechó al máximo los larguísimos intervalos que le quedaban entre una paletada de carbón y otra a la caldera que tenía a su cuidado en una planta de energía eléctrica. Según Faulkner, allí nadie le molestaba, el ruido continuo de la enorme y vieja dinamo era «apaciguador» y el lugar «cálido y silencioso».”


Pasaje de: Marías, Javier. “Vidas escritas.” iBooks. 

domingo, 16 de junio de 2013


libres, que la felicidad se decide, que es una elección moral. Para esos profesores de la alegría la tristeza es una falta de gusto, la depresión una señal de pereza, la melancolía un pecado. Estoy de acuerdo, es un
pecado, incluso un pecado mortal, pero hay personas que nacen pecadoras, que nacen condenadas, y a las que todos sus esfuerzos, todo su coraje y su buena voluntad no liberarán de su condición. Entre los que tienen una fisura en el núcleo y los que no la tienen ocurre igual que entre los pobres y los ricos, igual que la lucha de clases, sabemos que hay pobres que dejan de serlo, pero que la mayoría no, siguen siéndolo, y decirle a un melancólico que la felicidad es una decisión es como decirle a un hambriento que coma bollos

Enmanuel Carrère
De vidas ajenas
 «La peor derrota en todo es olvidar, y es sobre todo lo que te lleva a la tumba.»
Celine
Su mente contaminada de las obsesiones propias de una autoestima irremontable había comprendido que el régimen de acceso a la empatía contemporànea se encuentra vinculado al uso inteligente, glamour oso, de la crueldad.

Las teorías salvajes
Pola Oloixarac

“Y no dije nada, porque cuando llevas años aceptando que tu vida es lo que te pasa y no lo que originas... Pues, lamentablemente, te acabas acostumbrando.”

Pasaje de: Espinosa, Albert. “Si tú me dices ven lo dejo todo...pero dime ven.” Random House Mondadori. iBooks. 

martes, 4 de junio de 2013

¿Sabes? Ha pasado algo. Hace incluso unos meses, si yo hubiera sabido que tenía cáncer, que iba a morirme pronto, y si me hubiese hecho la misma pregunta que Juliette, ¿acaso mi vida había sido colmada?, no habría podido responder como ella. Habría dicho que no, que no había vivido una vida plena. Habría dicho que había conseguido cosas, tenido dos hijos hermosos y vivos, escrito tres o cuatro libros en los que cobró forma lo que yo era. Hice lo que pude, con mis medios y mis trabas, luché por hacerlo, no es un balance negativo. Pero lo esencial, que es el amor, me habrá faltado. He sido amado, sí, pero no he sabido amar: o no he podido, es lo mismo. Nadie ha podido descansar en mi amor con absoluta confianza y yo no descansaré al final en el amor de nadie. Es lo que habría dicho si me hubieran anunciado mi muerte antes de la ola. 

Emmanuel Carrère
De vidas ajenas

Fitzgerald: «Evidentemente, todas las vidas son un proceso de demolición»

 La función del colegio de Rosier no lo era, pero tampoco había sido representada a la ligera. Los pequeños ballets y sainetes poseían una calidad de precisión que sólo se alcanzaba con mucho trabajo y empeño, una seriedad impensable en los colegios de progres ricos que han frecuentado mis hijos. Los niños tenían un aire de felicidad y equilibrio. Crecen en el campo, en un entorno familiar protegido. En Rosier la gente se divorciaba y se despedazaba como en todas partes, pero entonces abandonaba el pueblo, que era en verdad un lugar para familias unidas, un lugar donde cada niño, desde el escenario donde cantaba y bailaba, podía buscar con la mirada, entre los bancos del público, a su padre y a su madre juntos, y huelga decir que estaban juntos. Era la vida tal como la muestran los anuncios de mutuas o de préstamos bancarios, la vida en que te preocupas del rédito anual de la libreta A y de las fechas de vacaciones en la zona B, la vida Alcampo, la vida con ropa de deporte, la vida media en todo, no sólo desprovista de encanto sino de la conciencia de que se puede intentar dar a la vida una forma y un estilo. Yo observaba esta vida desde arriba, no hubiera querido vivirla, pero lo cierto es que aquel día yo miraba a los niños, miraba a sus padres filmando con sus cámaras de vídeo y me decía que la elección de vivir en Rosier no era sólo escoger la seguridad y el rebaño, sino también el amor.

Emmanuel Carrere
De vidas ajenas
Vuelvo a pensar en aquel especialista del que Antoine, Hélène y yo nos burlamos un poco en el coche: era un tío con bermudas rosa, gordito, ceceante, que con su flequillo de pelo teñido tenía pinta de interpretar al peluquero homosexual en una comedia ligera, y sólo ahora mismo, al escribirlo, me pregunto qué podría inducirle a ir voluntariamente el domingo a maquillar cadáveres guiando sobre sus rostros los dedos de los parientes más próximos. Quizá simplemente el gusto de ser útil. Es para mí una motivación más misteriosa que la perversidad.

Emmanuel Carrère
De vidas ajenas