martes, 4 de junio de 2013


 La función del colegio de Rosier no lo era, pero tampoco había sido representada a la ligera. Los pequeños ballets y sainetes poseían una calidad de precisión que sólo se alcanzaba con mucho trabajo y empeño, una seriedad impensable en los colegios de progres ricos que han frecuentado mis hijos. Los niños tenían un aire de felicidad y equilibrio. Crecen en el campo, en un entorno familiar protegido. En Rosier la gente se divorciaba y se despedazaba como en todas partes, pero entonces abandonaba el pueblo, que era en verdad un lugar para familias unidas, un lugar donde cada niño, desde el escenario donde cantaba y bailaba, podía buscar con la mirada, entre los bancos del público, a su padre y a su madre juntos, y huelga decir que estaban juntos. Era la vida tal como la muestran los anuncios de mutuas o de préstamos bancarios, la vida en que te preocupas del rédito anual de la libreta A y de las fechas de vacaciones en la zona B, la vida Alcampo, la vida con ropa de deporte, la vida media en todo, no sólo desprovista de encanto sino de la conciencia de que se puede intentar dar a la vida una forma y un estilo. Yo observaba esta vida desde arriba, no hubiera querido vivirla, pero lo cierto es que aquel día yo miraba a los niños, miraba a sus padres filmando con sus cámaras de vídeo y me decía que la elección de vivir en Rosier no era sólo escoger la seguridad y el rebaño, sino también el amor.

Emmanuel Carrere
De vidas ajenas

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