“La administración pagaba mucho dinero a Colin, pero era demasiado tarde. Ahora, su deber era subir a casa de la gente todos los días. Le enviaban una lista y él anunciaba las desgracias un día antes de que sucedieran.
Todos los días se desplazaba a los barrios populares o bien a los barrios elegantes. Subía montones de peldaños. Era muy mal recibido. Le arrojaban a la cabeza objetos pesados y que hacían daño, palabras duras y puntiagudas, y lo ponían en la puerta. Por eso cobraba dinero y daba satisfacción. Pensaba conservar el trabajo. Lo único que sabía hacer era eso, que le pusieran en la calle.
La fatiga lo atenazaba, le soldaba las rodillas, le hundía la cara. Sus ojos no veían más que la fealdad de la gente. Sin cesar, anunciaba las desdichas que iban a ocurrir. Sin cesar le echaban fuera, con golpes, gritos, lágrimas, insultos.
Subió los dos escalones, continuó por el pasillo y llamó, retrocediendo inmediatamente un paso. En cuanto la gente veía su gorra negra, sabían de qué se trataba y le maltrataban, pero Colin no tenía por qué decir nada; le pagaban por ese trabajo. La puerta se abrió. Él dio la noticia y se marchó.
Un pesado taco de madera le alcanzó en la espalda.
Buscó en la lista el nombre siguiente y vio que era el suyo.
Arrojó entonces la gorra y marchó por la calle y su corazón era de plomo, porque sabía que, al día siguiente, Chloé moriría.”
Pasaje de: Vian, Boris. “La espuma de los días.”