“En la primera página de Campagnes, Jean Rolin describe (cito) «una barrera de milicianos cuya obediencia no era fácil determinar. Era el principio de la guerra, hacía bueno, las pérdidas eran todavía limitadas en ambos bandos y completamente nuevo el placer de llevar armas y servirse de ellas para imponer tu ley, aterrorizar a los civiles, abusar de las chicas y, por último, gozar gratuitamente de todas esas cosas tan largas y costosas en tiempo de paz, cuando hay que trabajar, y aun así, para conseguirlas». A las hordas de jóvenes campesinos encantados de empinar el codo mientras disparan sus armas enseguida se sumaron toda clase de hinchas de fútbol, pequeños y grandes “grandes delincuentes, auténticos psicópatas, mercenarios extranjeros, eslavófilos rusos que llegaban para defender la ortodoxia (con los serbios), neonazis nostálgicos de los ustachis (con los croatas) y yihadistas (con los musulmanes de Bosnia, que pronto entrarán en escena). Aquel mundillo compartía una cultura paramilitar cuyos componentes, siempre según Jean Rolin, son los siguientes: «Traje de camuflaje, boina verde y Ray-Ban; kaláshnikovs, escopetas de repetición y metralletas Uzi decoradas con cantidad de pitufos autoadhesivos; alcoholismo feroz; 4×4 sin matrícula, sobrecargados de chetniks eufóricos, tatuados, con el pelo largo y la barba al viento que, de regreso del «frente» o de cualquier operación de limpieza, vociferan, ponen a tope sus aparatos de música, hacen chirriar los neumáticos, disparan al aire en el mejor de los casos, y si no contra la gente: furcias que gritan en la cocina mientras en el cuarto de baño cortan con una sierra de metales las costillas de un sospechoso; y este grafiti en una pared: «We want war, peace is death.»”
Pasaje de: Emmanuel Carr?re. “Limonov.”
No hay comentarios:
Publicar un comentario