Los jadeos de Lelia
“Y ningún hombre hay para lo que espero”
María Calas
De quién es, de quién, esa serpiente
que por mi espalda sube,
de quién los dedos
que geométricos hilan jardines en mi piel.
Tus dedos... Oh, tus dedos
-de libélulas, enjambres por mi falda-
hasta que palidezcan sean mordidos;
tu sabor en mi boca se aventure
y en mi lengua se asiente.
Tus dedos... Oh, tus dedos
-de mis collares cómplices-
finjan en mi garganta asesinatos;
mi pelo, con su lluvia madreselva,
gozoso, de fragancia, los salpique.
Oh, tus dedos, corpúsculos rosados,
poros estremecidos, dime dónde,
dónde el helecho enreda su voluta,
en qué raro lugar acecha la respuesta
de mi sangre sellada.
Soy sauce agazapado, con las rodillas tensas,
con las manos crispándose en mis muslos,
intacto el rostro, el labio, mis ojos descifrando
del cielo los relieves, las estrellas.
Tus dedos... Oh, tus dedos,
falta una mariposa, un quemante aleteo
emboscado en mi piel, élitros faltan.
Ana Rosetti: Indicios vehementes
lunes, 31 de octubre de 2011
domingo, 30 de octubre de 2011
gira, corazón; gira, corazón.
VELETA
FEDERICO GARCÍA LORCA
FEDERICO GARCÍA LORCA
Viento del Sur,
moreno, ardiente,
llegas sobre mi carne;
trayéndome semilla
de brillantes
miradas, empapado
de azahares.
moreno, ardiente,
llegas sobre mi carne;
trayéndome semilla
de brillantes
miradas, empapado
de azahares.
Pones roja la luna
y sollozantes
los álamos cautivos, pero vienes
¡demasiado tarde!
¡ya he enrollado la noche de mi cuento
en el estante!
y sollozantes
los álamos cautivos, pero vienes
¡demasiado tarde!
¡ya he enrollado la noche de mi cuento
en el estante!
Sin ningún viento,
¡hazme caso!
gira, corazón;
gira, corazón.
¡hazme caso!
gira, corazón;
gira, corazón.
Aire del Norte
¡oso blanco del viento!
llegas sobre mi carne
tembloroso de auroras
boreales,
con tu capa de espectros
capitanes,
y riyéndote a gritos
del Dante,
¡oh pulidor de estrellas!
pero vienes
demasiado tarde.
Mi almario está musgoso
y he perdido la llave.
¡oso blanco del viento!
llegas sobre mi carne
tembloroso de auroras
boreales,
con tu capa de espectros
capitanes,
y riyéndote a gritos
del Dante,
¡oh pulidor de estrellas!
pero vienes
demasiado tarde.
Mi almario está musgoso
y he perdido la llave.
Sin ningún viento,
¡hazme caso!
gira, corazón;
gira, corazón.
¡hazme caso!
gira, corazón;
gira, corazón.
Brisas, gnomos y vientos
de ninguna parte.
Mosquitos de la rosa
de pétalos pirámides.
Alisios destetados
entre los rudos árboles,
flautas en la tormenta,
¡dejadme!
tiene recias cadenas
mi recuerdo,
y está cautiva el ave
que dibuja con trinos
la tarde.
de ninguna parte.
Mosquitos de la rosa
de pétalos pirámides.
Alisios destetados
entre los rudos árboles,
flautas en la tormenta,
¡dejadme!
tiene recias cadenas
mi recuerdo,
y está cautiva el ave
que dibuja con trinos
la tarde.
Las cosas que se van non vuelven nunca,
todo el mundo lo sabe
y entre el claro gentío de los vientos
es inútil quejarse.
¿Verdad, chopo, maestro de la brisa?
¡es inútil quejarse!
todo el mundo lo sabe
y entre el claro gentío de los vientos
es inútil quejarse.
¿Verdad, chopo, maestro de la brisa?
¡es inútil quejarse!
Sin ningún viento,
¡hazme caso!
gira, corazón;
gira, corazón.
¡hazme caso!
gira, corazón;
gira, corazón.
La insensibilidad del azur y las piedras
Tristeza del verano
El sol, sobre la arena, obre la arena, luchadora durmiente,
Calienta un baño lánguido en tu pelo de oro
Y, consumiendo incienso sobre tu hostil mejilla,
Con las lágrimas mezcla un brebaje amoroso.
De ese blanco flameo esa inmutable calma
Te ha hecho, triste, decir -oh, mis besos miedosos-:
"¡Nunca seremos una sola momia
Bajo el desierto antiguo y felices palmeras!"
¡Pero tu cabellera es un río tibio,
Donde ahogar sin temblores el alma obsesionante
Y encontrar esa Nada desconocida, tuya!
Yo probaré el afeite llorado por tus párpados,
Por ver si sabe dar al corazón que heriste
La insensibilidad del azur y las piedras.
Stéphan Mallarmé
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AMOR,
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Stéphan Mallarmé
Y trato de no pensar tan fuerte porque tengo miedo de que me lea la mente
No me mira a los ojos, me mira a los ojos. Una, dos, tres veces y nos reímos. Cuando me mira la nariz me siento Cyrano de Bergerac. Cuand me miras los labios me tiemblan las comisuras y se me hace agua la boca como si estuviera pensando en un churro con dulce de leche. Después me mira el cuello y me derrito y me mira la remera sin disimulo y siento que se me paran los pezones. Se me humedecen las axilas con un sudor caliente y levemente perfumado a cebolla. Apenas si respiro y froto los pies contra la suela adentro de las botas. Y trato de no pensar tan fuerte porque tengo miedo de que me lea la mente.
RUMBLE de Maitena Burundarena.
domingo, 2 de octubre de 2011
el desvarío de los hipnotizados
... leí que esa especie de hechizo, ese estado de ánimo de los eneamorados en esterna espera del amor ausente tiene alg en común con el desvarío de los hipnotizados y que sus miradas son como la de los enfermos que empiezan a despertar de su delirio y levantan con esfuerzo los párpados hinchados. No ven nada más que un rostro, no oyen más un nombre.
Pero un día se despiertan.
Como yo.
Miran a su alrededor, se frotan los ojos. Ya no ven ese rostro ... mejor dicho, siguen viéndolo, pero más difumindo. Ven el camapanario de una iglesia, un bosque, un cuadro, un libro, las caras de otras personas, toman consciencia de la magitud del universo... Es una sensación extraña. Lo que ayer te parecía insoportable, te dolía tanto que te partía el corazón, hoy ya no te hace daño. Te sientas en un banco y estás tranquila. Te pasan por la cabeza cosas como "pollo relleno" o "los maestros cantores de Nüremberg". O "hay que comprar una bombilla para la lámpara de la mesita". Eso es la realidad, y todo lo que la compone es igual de importante. Ayer todo eso resultaba improbable, volátil, incomprensible: la realidad era totalmente distinta. Ayer ansiabas venganza, o quizá redención, querías que llamara, que te necesitara desesperadamente o que lo encerraran en la cárcel y lo ejecutaran. ¿Sabes?, mientras sientas eso el otro se sentirá féliz y se mantendrá alejado. Aún tiene poder sobre ti. Minetras clames venganza, el otro se frotará las manos porque la venganza es un deseo, una especie de yugo. Pero llega un día en que despiertas, te frotas los ojos, bostezas y, de pronto, te das cuenta de que ya no quieres nada. Ni siquiera te inmutas cuando lo ves por la calle. Si llama por teléfono respondes, como debe ser. Si quiere verte, y la cita es inevitable, bueno, adelante. Y todo eso lo haces con ánimo tranquilo y sincero, ¿sabes? Ya no queda del dolor, de la convulsión, del delirio. ¿Qué ha pasado? Nolo comprendes. ¿Ya no anhelas venganza?... Y entonces te das cuenta de que esta es la verdadera venganza, la única, la perfecta: ya no quieres saber nada de él, no le deseas nada malo ni bueno, ya no puede hacerte sufrir. Antiguamente los hombres, en este caso, escribían una carta a sus amadas que siempre tenía el mismo encabezamiento: "Estimada señora..." Eso lo decía todo. Decía: "ya no puedes hacerme daño". En tales circunstancias, la mujer inteligete se echa a llorar. O quizá no. El hombre inteligente manda un buen regalo, un ramo de rosas... o la renta vitlicia. ¿Por qué no?Ahora es posible porque ya no duele.
Así fue como sucedieron las cosas. Un día desperté y comencé a caminar, a vivir.
Pero mi marido, el pobre, no despertó. Ni siquiera sé si se curará algún día. A veces rezo por él.
LA MUJER JUSTA. Sándor Marai. Novela publicada en Hungría en 1941.
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