domingo, 2 de octubre de 2011

el desvarío de los hipnotizados

... leí que esa especie de hechizo, ese estado de ánimo de los eneamorados en esterna espera del amor ausente tiene alg en común con el desvarío de los hipnotizados y que sus miradas son como la de los enfermos que empiezan a despertar de su delirio y levantan con esfuerzo los párpados hinchados. No ven nada más que un rostro, no oyen más un nombre. Pero un día se despiertan. Como yo. Miran a su alrededor, se frotan los ojos. Ya no ven ese rostro ... mejor dicho, siguen viéndolo, pero más difumindo. Ven el camapanario de una iglesia, un bosque, un cuadro, un libro, las caras de otras personas, toman consciencia de la magitud del universo... Es una sensación extraña. Lo que ayer te parecía insoportable, te dolía tanto que te partía el corazón, hoy ya no te hace daño. Te sientas en un banco y estás tranquila. Te pasan por la cabeza cosas como "pollo relleno" o "los maestros cantores de Nüremberg". O "hay que comprar una bombilla para la lámpara de la mesita". Eso es la realidad, y todo lo que la compone es igual de importante. Ayer todo eso resultaba improbable, volátil, incomprensible: la realidad era totalmente distinta. Ayer ansiabas venganza, o quizá redención, querías que llamara, que te necesitara desesperadamente o que lo encerraran en la cárcel y lo ejecutaran. ¿Sabes?, mientras sientas eso el otro se sentirá féliz y se mantendrá alejado. Aún tiene poder sobre ti. Minetras clames venganza, el otro se frotará las manos porque la venganza es un deseo, una especie de yugo. Pero llega un día en que despiertas, te frotas los ojos, bostezas y, de pronto, te das cuenta de que ya no quieres nada. Ni siquiera te inmutas cuando lo ves por la calle. Si llama por teléfono respondes, como debe ser. Si quiere verte, y la cita es inevitable, bueno, adelante. Y todo eso lo haces con ánimo tranquilo y sincero, ¿sabes? Ya no queda del dolor, de la convulsión, del delirio. ¿Qué ha pasado? Nolo comprendes. ¿Ya no anhelas venganza?... Y entonces te das cuenta de que esta es la verdadera venganza, la única, la perfecta: ya no quieres saber nada de él, no le deseas nada malo ni bueno, ya no puede hacerte sufrir. Antiguamente los hombres, en este caso, escribían una carta a sus amadas que siempre tenía el mismo encabezamiento: "Estimada señora..." Eso lo decía todo. Decía: "ya no puedes hacerme daño". En tales circunstancias, la mujer inteligete se echa a llorar. O quizá no. El hombre inteligente manda un buen regalo, un ramo de rosas... o la renta vitlicia. ¿Por qué no?Ahora es posible porque ya no duele. Así fue como sucedieron las cosas. Un día desperté y comencé a caminar, a vivir. Pero mi marido, el pobre, no despertó. Ni siquiera sé si se curará algún día. A veces rezo por él. LA MUJER JUSTA. Sándor Marai. Novela publicada en Hungría en 1941.

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