Me reía con Ourique a lo lejos en el sosiego de la tarde, en la paz de la tarde del Alentejo llena de tórtolas silvestres y silencio, me reía de los psicoanalistas detentadores de la verdad jugando al ajedrez en la cabeza de las personas con el seno de la madre y el pene del padre, y el seno del padre y el pene de la madre, y el seno del pene y la madre del padre, y el peno del sene y el madre de la padre, me reía de los que curan a los homosexuales con diapositivas de chicos desnudos y descargas eléctricas, de los que tratan el temos a las arañas con arañas de alambre parecidas a insectos de carnaval, de los que se juntan en círculo para disertar sobre la angustia y cuyas manos tiemblan como hojas de ciclamor, blandidas por el enfado del viento. Me reía de pensar que éramos los modernos, los sofisticados policías de ahora, y también un poco los curas, los confesores, el Santo Oficio de ahora, me reía de pensar en los suntuosos psiquiatras obesos que endilgaban sesiones musicales a sus pacientes en nombre de técnicas oscuras, de los barrigudos, deshonestos, asexuados psiquiatras obesos, de los budas repelentes seguidos de una corte de feos discípulos extasiados, con perilla de ma macho cabrío y el pelo sucio, segregándose en la oreja inanidades rotundas.
ANTONIO LOBO ANTUNES
de Conocimiento del Infierno
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