“Las tres, sin embargo, habíamos resbalado y caído al barro en algún momento inesperado. A las tres un mal día nos dejaron de querer. Ante el abandono y la incertidumbre, frente al desamor y la crudeza irreversible de la realidad, cada una se defendió como pudo y batalló con las armas que tuvo a su alcance. Con buenas o malas artes, con lo que el intelecto, las vísceras o el puro instinto de supervivencia nos pusieron a mano a cada cual. El reparto de talentos siempre fue arbitrario, a nadie le dieron a elegir.
Rebecca había tenido la entereza moral para superarlo y, tal como ella me acababa de hacer ver, yo estaba abriéndome camino sin saber del todo adónde acabarían mis pasos por llevarme. Darla, por su parte, jamás lo logró. Como un pobre animal maltrecho, se refugió en su caverna sin curar nunca sus heridas, confundiendo la simplicidad de la naturaleza humana con una traición rastrera o una maquiavélica empresa en su contra. Sin asumir que el amor es voluble, extraño y arbitrario, carente de entendimiento y racionalidad. Movida quizá por el miedo a las carencias materiales, a la mera soledad o a no ser capaz de criar sola a una hija dependiente; construyendo fantasmas malévolos donde no los había para tener un rostro culpable contra el que disparar su furia, haciéndose daño a sí misma y haciendo sangrar a quienes nada tuvieron que ver conscientemente con su infortunio.”
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