martes, 30 de abril de 2013


Pero ante el hastío y desencanto de una generación cuyo fuego se extingue nace el deber de otra que no puede permitirse la indiferencia. “Este homenaje nace de un alma exquisita”, dice Gemma Cuervo con orgullo, “porque nosotros recordamos con amor infinito a estos personajes de Camus, lo que fueron para nosotros, a Marta y su necesidad de ver el mar”. Cuando en 1959 el escritor recogió el Premio Nobel, apuntó en su discurso una idea que hoy multiplica su fuerza, demasiado próxima y certera para no pensar que aquel tiempo también es el de ahora mismo: “Cada generación, sin duda, se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no lo rehará. Pero su tarea quizá sea aún más grande. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrompida, en la que se mezclan las revoluciones frustradas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos y las ideologías extenuadas; cuando poderes mediocres pueden destruirlo todo, pero ya no saben convencer; cuando la inteligencia se ha rebajado hasta convertirse en criada del odio y la opresión, esta generación ha tenido, en sí misma y alrededor de sí misma, que restaurar, a partir de sus negaciones, un poco de lo que hace digno el vivir y el morir”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario