A TI, PORQUE NUNCA TE DEDICO UN POEMA
Enciendo el encendedor, mis dedos
tropiezan un objeto cae al suelo y rueda, y
distingo unos segundos tu nuca, la curva
de la nariz, la garganta comenzando
a adensarse como la reina de los billetes de banco,
el abanico con pliegues;
en los ángulos de los párpados,
en el ángulo de los labios: me
gustan tu expresión pesada
y desdeñosa, tus grandes senos
caídos que se ignoran
el uno al otro en un estrabismo
de enfado, tu lenta voz,
tus casi cuarenta y tantos años años que
envejecen con la majestuosa desesperación
de los petroleros.
Me gusta vivir contigo en este
piso recóndito, sin ascensor,
con periódicos y libros, y hojas
y ropa sucia al azar en el suelo,
casi ningún mueble y tú ensayando
en el móvil los diálogos
de una lengua impronunciable,
doblando la cintura en actitudes de Fedra.
Me gusta que me hayas elegido, a mí
a quien prohibían la entrada a las películas
para adultos, para pasearme por los restaurantes
baratos de los sótanos de Plaza
España, donde los artistas sin trabajo
vestidos con las barbas canosas y los
trapos coloridos de su opulenta miseria,
doblan las garras sucias no sobre
tenedores y cuchillos sino sobre canutos de
marihuana marrones de saliva o cigarrillos
aplastados de hachís, sorbiendo desde dentro
las proteínas dudosas de una cena de humo.
Me gustan tus caricias
excesivamente exuberantes,
tus borracheras indias de vendaval gris,
la sincera mentira de tu amor por mí.
Me gusta cuando me besas y
abrazas y acaricias y abres las piernas
con lentitud eucarística, volver la cabeza
hacia la ventana y ver más allá de los marcos
agrietados y del cristal polvoriento, el mar
nocturno sembrado de lámparas de barcos y
de sombras de mástil, alzándose y bajando al
ritmo ansioso de mi pecho y por encima de él,
incrustado en una bóveda de pizarra.
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