martes, 18 de marzo de 2014

“SEREBRIAKOV:
¡Haberse pasado la vida trabajando para la ciencia!… ¡Estar acostumbrado a un despacho, a un auditorio, a compañeros a los que se estima…! y, de pronto, sin más ni más, ¡encontrarse en este panteón!… ¡Ver un día tras otro gente necia, y escuchar conversaciones insulsas!… ¡Quiero vivir! ¡Me gusta el éxito, la celebridad, el ruido; y aquí se está como en el exilio, recordando con tristeza y constantemente el pasado!… ¡Siguiendo los éxitos ajenos y temiendo la muerte!… ¡No puedo!… ¡Me faltan las fuerzas! ¡Y, por añadidura, aquí no quiere perdonárseme la vejez! “¡Tengo fe!… ¡Tengo fe!… (Secándole las lágrimas.) ¡Pobre!… ¡Pobre tío Vania!… ¡Estás llorando! (Entre lágrimas.) ¡Tu vida no conoció la alegría…, pero espera, tío Vania, espera!… ¡Descansaremos! (Abrazándole.) ¡Descansaremos! (Se oye el golpeteo del cayado del guarda. Teleguin rasguea en la guitarra, María Vasilievna anota algo en el margen del artículo que está leyendo, Marina hace calceta.) ¡Descansaremos! (El telón desciende lentamente.)”
Pasaje de: Chéjov, Anton. “El tío Vania.”

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