lunes, 17 de mayo de 2010

Al ver aquello comprendí que lo que había tomado por calma era ausencia...

Hasta que estuve a 20 metros no me permití verlo. Estaba bien sentado, de espaldas a mí, como meditando o mirando en la dirección en que el globo y Harry se habían alejado. Había calma en su postura. Me acerqué, instintivamente turbado por aproximarme a él desde atrás sin ser visto, pero contento de no verle la cara. Seguía aferrándome a la posiblidad de que existiese una técnica, una ley o un proceso físico que permitiera revivirlo. El hecho de que estuvira tranquilamente sentado en el campo, como serenándose después de una terrible experiencia, me dio esperanzas y me hizo carrespear estúpidamente  y decir, sabiendo que nadie podía oírme: "¿Necesita ayuda?" No era tan ridículo en aquel momento. Veía su pelo rizado sobre el cuello de la camisa y la piel quemada por el sol en la parte superior de las orejas. Su chaqueta de tweed no tenía una sola marca, aunque sí una caída extraña, pues los hombros eran más estrechos de lo debido. Mucho más que los de cualquier adulto. La base del cuello no se ensanchaba hacia los lados. La estructura ósea se había derrumbado internamente formando una cabeza sobre un palo. Y al ver aquello comprendí que lo que había tomado por calma era ausencia. Allí no había nadie. Era la quiteud de lo inanimado y volví a comprender , porque ya había visto otros cadáveres, por qué la era  precientífica había necesitado inventar el alma. No resultaba menos evidente que la ilusión de que el sol se hunde en el cielo al atardecer.. El cese de una infinidad de interconexiones nerviosas y bioquímicas contribuía a inducir a simple vista  la ilusión de la chispa que se extingue, o la simple retirada de un solo elemento necesario. Por muy científicamente informados que pretendamos estar, el miedo y turbación nos seguirán sorprendiendo en presencia de los muertos. Quizá sea la vida lo que realmente nos extraña...

AMOR PERDURABLE de Ian McEwan.




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