Richard Wagner se inspiró para su Tannhäuser en la historia real de un caballero cantor alemán nacido hacia 1205 que, arrepentido de su pasado, se traslada a Roma para obtener el perdón del Papa y recibe su condena, unida al certamen poético del Wartburg, en el que participaron los más famosos Minnesänger de la Edad Media, como Walter von der Vogelweide o Wolfram von Eschenbach, el autor de Parsifal. Todo ello asociado a la leyenda de Santa Isabel de Hungría y al mito del Venusberg como presencia de un mito germánico pagano anterior a la evangelización de Alemania, para afirmar el tema del conflicto entre los sentidos y el espíritu. Venus no es sólo la diosa del pecado, sino también la fuente de la belleza eterna, mientras que Elisabeth encarna el amor puro y espiritual que lleva a la redención por medio del sacrificio y la muerte. La obrafue calurosamente acogida en la Ópera de la Corte de Dresde el 19 de octubre de 1845, y causó un escándalo cuandose presentó en la Ópera de París, el 13 de marzo de 1861, con la inclusión de la bacanal en el primer acto.
RICHARD WAGNER y TANNHÄUSER EN PARÍS*
Por Charles Baudelaire
Ningún músico destaca como Wagner en la pintura del espacio y de la profundidad material y espiritual. Es esta una observación en la que diversas inteligencias, de entre las mejores, no han podido evitar caer en diferentes ocasiones. Posee el arte de traducir, a través de gradaciones sutiles, todo lo que de excesivo, de inmenso, de ambicioso contiene el hombre espiritual y natural. A veces da la impresión, al escuchar esta música ardiente y despótica, de que nos vemos con las vertiginosas concepciones del opio pintadas sobre un fondo de tinieblas desgarrado por la ensoñación.
A partir de este momento; es decir, del primer concierto, me poseyó el deseo de proseguir avanzando en la comprensión de estas obras singulares. Había sufrido (al menos así se me presentaba) una operación espiritual, una revelación. Mi voluptuosidad había sido tan fuerte y tan terrible que no podía evitar desear volver incesantemente a sentirla. En mi experiencia contaba, sin duda, mucho lo que Weber y Beethoven ya me habían hecho conocer, pero también algo nuevo que era impotente para definir, y esta impotencia me causaba cólera y curiosidad unidas a una extraña delicia. Durante mucho tiempo me dije: « ¿Dónde podría escuchar esta tarde música de Wagner?» Aquellos de mis amigos que poseían un piano se convirtieron en más de una ocasión en mis mártires. Pronto, como ocurre con cualquier novedad, fragmentos sinfónicos de Wagner resonaron en los casinos, abiertos cada noche a una multitud amante de voluptuosidades vulgares. La majestuosidad fulgurante de aquella música caía sobre ellos como el trueno en mal lugar. Su fragor se extendió aprisa y vimos a menudo el cómico espectáculo de unos hombres graves y delicados soportando el contacto de turbamultas malsanas para gozar, a la espera de mejor ocasión, de la marcha solemne de Los invitados de Wartburg o las majestuosas bodas de Lohengrin.
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