sábado, 22 de mayo de 2010

Pablo era luz, irradiaba irrealidad, sueño y su ensoñación tenía la firmeza de la piedra, el orgullo de su alegría... (Aleixandre)

I
"He conocido en Buenos Aires a un poeta chileno estupendo: Pablo Neruda. Vendrá de cónsul a Madrid en octubre. Ya verás. Estoy seguro de que seréis amigos." Era en Velintonia, y lo decía Federico García Lorca, a su regreso de la Argentina, abril dde 1934.

Unos meses después, al teléfono, la voz oscura y brillante: "Pablo Neruda ya está en Madrid. Hoy aquí a mi lado. Si quieres vamos ahora mismo a tu casa".

Entraron los dos: Pablo, Federico. Federico, visto y renovado siempre. Pablo, al extremo de la ciudad, por primera vez en la luz azul de nuestro Guadarrama. Nos abrazamos. Sonrió lentamente. Era alto, corpulento y aquella lentitud tenía algo de profundo y confiado. Desde sus ojos levemente abultados, su mirada otorgaba una luz que parecía tentar y reconocer.¡Cuánta posibilidad humana se adivinaba en aquella mirada apaciguadora! recuerdo su rostro alargado, la tez mate y la tranquilidad de su frente serena que se diría gestar el conocimiento. Arriba, en final, un pelo laso, cansado que, si no era en longitud, en color y finura me traía la memoria de algunos imposibles indios de sus remotísimos Andes. ¡Cuánta afable nobleza en su cercanía, aquella tarde primera de la amistad! ¡Cuánta delicadeza en la entrega de un libro, el anterior a su Residencia, que traía, sin duda, de Chile para sus nuevos amigos!

¡Puras y alegres tardes del pasado!

dijo otro poeta. Yo, dudoso de salud; él, generosamente, muchas veces volvió por Velintonia. Unas con Federico, otras con Miguel Hernández, las más con Delia del Carril.

Pronto nos unió una clara amistad, y sus visitas llegaron a hacerse periódicas como un latido sin fallo de cordialidad. Veo abrirse aquella puerta y entrar los dos, Pablo y Delia. Allí el diálogo era vida, y la literatura, un resplandor que se hiciese respuesta.

II
Pablo tenía una hija, no mayor de dos años, que yo noconocía. El poeta creó su nombre, que pronunciado por él parecía sonar como una luz o brillar como la música. Allí está, retenido, en su "Oda a Federico García Lorca", arropado entre los que le dejaron un rastro de intimidad en su vivir madrileño.

Corrían las semanas y los meses. eran ya los días en que Neruda preparaba la salida de su revista Caballo verde para la poesía, que hallaría escritor generoso en su amigo Manuel Altolaguirre, el poeta y mágico imprentor además, que daba a luz libros y revistas de poesía y paseaba su arte gráfica por el mundo. Aquel Caballo halló cuna en aquella linotipia y de allí arrancó, bajo la mano creadora de Pablo Neruda, para su deslumbradora carrera de unos pocos pero decisivos números. Solo la guerra civil española hubo de interrumpirla.

Vivía Pablo en un edificio que su paso por él ha hecho famoso, la "Casa de las flores". Siempre me instaba a que yo fuese a conocer a su niña. por fin, un día convinimos en ir juntos aquella tarde a su residencia. Recuerdo a Pablo en la luz de primavera, su piel pálida, sus ojos detenidos en lo que miraban y que parecían querer a lo que veían. Nada era una realidad indiferente. calle Princesa arriba (entonces, Vicente Blasco Ibáñez),el esquinazo de Hilarión Eslava, aquel viejo, aquella rueda rauda... Y todo daba paso también, a veces, a algún sueño. Desfilaba en su voz pastosa su Java oriental como un paisaje submarino. El blanco, el rojo, el amarillo, el sepia, convocados, sonaban los acentos emergidos, mientras el poeta Pablo pasaba por una calle madrileña que no se desmentía. Todo era ser y existir al mismo tiempo y sucesivamente.

Llegamos a una casa, aquí rosa, flores en las ventanas, persianas verdes. El brillo era más suave, pero el sol no se negaba. Volvió la cabeza. El campo, inmediato entonces, sin edificación interpuesta, dejaba pasar el aire azul de la sierra. Todavía siento su aroma como un mensaje que hasta aquí llegaba. Nos envolvía y nos despedía a la puerta misma de la casa. Subimos unos escalones. "Pasa, Vicente". Un salón, y Pablo desapareció. Enfrente, una amplia balconada, y en el fondo, un gran pedazo de enorme cielo. Salí a la terraza corrida y estrecha, como un camino hacia su final. En él, Pablo, allá se inclinaba sobre lo que parecía una cuna. Yo le veía lejos mientras oía su voz. "Malva marina, ¿me oyes? ¡Ven, Vicente, ven! mira qué maravilla. Mi niña. Lo más bonito del mundo." Brotaban las palabras mientras yo me iba acercando. él me llamaba con la mano y miraba con felicidad hacia el fondo de aquella cuna. Todo él sonrisa dichosa, ciega dulzura de su voz gruesa, embebimiento del ser en más ser. Llegué. Él se irgiuió radiante, mientras me espiaba. ¡Mira, mira! Yo me acerqué del todo y entonces el hondón de los encajes ofreció lo que contenía. Una enorme cabeza, una implacable cabeza que hubiese devorado las facciones y fuese solo eso: cabeza feroz, crecida sin piedad, sin interrupción, hasta perder su destino. Una criatura (¿lo era?) a la que no se podía mirar sin dolor. Un montón de materia en desorden. Blanco yo, levanté la vista, murmuré unos sonidos para quien los esperaba y conseguí una máscara de sonrisa. Pablo era luz, irradiaba irrealidad, sueño y su ensoñación tenía la firmeza de la piedra, el orgullo de su alegría, el agradecimiento hacia un fruto celeste.

Comprendí, pero no explco

CON PABLO NERUDA en Los encuentros de Vicente Aleixandre

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